OPINIÓN: ¿Pueden mis derechos pisotear los tuyos?
Por Daniel Petersen González Estudiante de 3° medio, del Liceo Bicentenario Padre Alberto Hurtado Cruchaga
Recientemente, en mi liceo se han llevado a cabo múltiples paros docentes. A simple vista, pueden parecer simples pausas en la rutina escolar. Para muchos compañeros míos, un día de descanso, un alivio, incluso, algo por lo cual alegrarse; sin embargo, si comenzamos a pensar seriamente en esto, su impacto es mucho más hondo de lo que creemos o vemos a simple vista. Las materias que quedaron sin pasar, el acumulamiento de evaluaciones y el estrés al que nos vemos sometidos los estudiantes son consecuencias que no siempre se consideran. La semana del paro, que tuvo lugar los días 4, 5 y que se alargó hasta el viernes 6 de junio, eran parte de una semana crucial para nuestro liceo, ya que correspondía a la penúltima (para efectos prácticos) antes de las vacaciones de invierno. Aquel paro docente de tres días seguidos, alteró el calendario escolar y, como secuela, esta semana siguiente fue realmente intensa para mí y mis compañeros. Este montón de pruebas y tareas generó una carga pesada y un ambiente de agobio que difícilmente se puede justificar. El entorno me llevó a cuestionarme lo siguiente: ¿Es correcto ejercer un derecho si esto implica vulnerar el de los demás? ¿Pueden mis derechos pisotear los tuyos?
Un paro es, en palabras simples, una forma de protesta la cual consiste en suspender actividades (en este caso, las clases) para llamar la atención sobre alguna demanda o problema y así presionar por soluciones. Es un instrumento que ha sido históricamente utilizado por grupos organizados, como por ejemplo, los docentes que buscan mejoras laborales, salariales o mejoras dentro de las condiciones de trabajo. Es una herramienta buena dentro de una sociedad democrática, siempre que se use con responsabilidad y claridad en sus objetivos.
Pero hoy, muchos de estos paros escolares parecieran haber perdido este fin. Se repiten con frecuencia, interrumpen el ritmo de aprendizaje y, lo más preocupante, no dejan claro qué se logró o si algo realmente cambió. No hay espacios visibles de diálogo ni respuestas concretas. Es como si ya se protestara por costumbre, sin medir las consecuencias. La protesta, al no transformarse en diálogo ni mostrar avances, se convierte en una rutina. Y cuando una herramienta deja de construir, comienza a desgastar.
Todos, como bien sabemos, tenemos derechos. El derecho a expresarse, a reunirse, a manifestarse, etc. Pero también tenemos derecho a aprender, a asistir a clases en un ambiente estable, y a ser evaluados con tiempo y justicia. Lo importante es entender que estos derechos no existen de forma aislada ni en competencia entre sí. En clases, aprendí que los derechos tienen cinco características esenciales: son inalienables, imprescriptibles, universales, indivisibles e interdependientes. Esta última (la interdependencia) es especialmente relevante en este tema, preste atención:
Decir que los derechos son interdependientes significa que se necesitan unos a otros para funcionar bien. No existe derecho que esté encima de otro derecho. Tampoco puedo ejercer uno si, al hacerlo, estoy destruyendo otro. Si alguien se manifiesta, pero con eso impide que otros aprendan, entonces ese derecho ya no está respetando esta característica esencial de los derechos. Cuando un derecho pisa o silencia a otro, deja de ser un derecho pleno: se convierte en abuso.
Los paros, en lugar de proteger derechos, a veces, pasan por encima de estos. El derecho a protestar no debería abolir el derecho a estudiar. Ambos pueden convivir, pero eso exige respeto mutuo, diálogo y responsabilidad. Lamentablemente, eso poco se ha visto.
Cuando un derecho se impone sobre otro, deja de ser justo.
Quienes no participamos en estas decisiones (los estudiantes que queremos aprender, cumplir y avanzar) quedamos atrapados en medio del desconcierto. Cada clase suspendida se traduce en contenidos que debemos abordar por nuestra cuenta, con menos tiempo y menos orientación que debería ser dada por nuestros profesores. Las evaluaciones se reprograman y se concentran en pocas jornadas, lo que reduce la posibilidad de prepararse adecuadamente y debilita el sentido real de la educación. El problema no es solo la pérdida de tiempo, sino la pérdida de calidad. Cuando se fuerza el calendario para recuperar lo perdido, se pierde también el espacio para aprender con profundidad y responsabilidad.
Se defiende el derecho a protestar, pero poco se considera el derecho a una educación continua, estructurada y justa. Ambos deberían pesar lo mismo, pero lastimosamente, no está ocurriendo así.
No me quiero dar a mal entender. Esto no significa que los paros sean completamente maliciosos o negativos. La mayoría de veces surgen de necesidades reales, de demandas que merecen ser escuchadas. En el caso de mi liceo, han sido los docentes quienes se han movilizado, y sin duda hay motivos justos detrás que deben ser atendidos. Pero una causa justa no puede perder de vista su impacto. Si la forma de protestar perjudica a quienes no tienen relación o responsabilidad directa en el problema, entonces algo se está haciendo mal.
Más aún cuando estamos hablando de un liceo que se presenta como un Liceo de excelencia, donde se nos exige pensamiento crítico y reflexión constante. Ese pensamiento crítico no puede ser selectivo ni cómodo: debe aplicarse también a las formas en que luchamos por nuestros derechos. No se trata de eliminar los paros, sino de replantearlos, repensarlos. Hacerlos con más organización y buscando caminos que no sacrifiquen el aprendizaje de otros.
No habrá justicia mientras permitamos que el ejercicio de nuestros derechos pisotee los derechos de los demás; solo así podremos construir puentes y no muros
Filipenses 2:4: “No mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros.”













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