Cuento: El Gitano

By on 26 febrero, 2026

Por Eugenio Talep Pardo, abogado

En nuestro país se utiliza una palabra mapuche para designar a aquellos perros que no tienen una raza definida, sino que son mezcla de muchas de ellas; a estos ejemplares caninos se les denomina “quiltros”.

En el barrio en el que transcurrió mi infancia, convivían vecinos de los más diversos estratos sociales, a diferencia de ahora. Por ejemplo, en la casa situada a la izquierda de la nuestra, residía don Pedro Galoppo, un italiano de profesión contador. Su yerno Carlos, un funcionario de la empresa de Electricidad estaba casado con la única y hermosa hija de don Pedro y compartían su casa. Hacia la esquina se encontraba la botillería de la señora Esperanza, excelente negocio porque en nuestro país los bebedores superan con creces a los abstemios. Frente al depósito de alcoholes vivía un árabe al que se le llamaba “El Turco” Sahid, quien tenía una fábrica textil, también excelente negocio porque todos necesitamos vestirnos. Hacia el extremo opuesto de la calle vivía don George Hadwa, otro árabe quien ahí tenía una fábrica de camisas, en la que empleaba a muchas mujeres jóvenes que por las tardes eran esperadas por obreros de la construcción. Para el otro costado de nuestro hogar estaba Sergio, que fue por años secretario de mi padre. Sergio vivía con su anciana madre, que daba pensión a viudas y solterones. Por el frente había un conventillo cuyas mejores habitaciones, las que se encontraban a la orilla de a la calle, eran ocupadas por un jinete jubilado que ahora conducía un taxi, también vivía allí su hermano quien destacaba por su nariz de frutilla, lo que le daba un aspecto de bebedor empedernido y una hija de éste, una hermosa adolescente. Completaba este cuadro familiar “El Gitano”, un quiltro con apariencia de perro Pekinés de pelo largo, manchas blancas sobre un fondo negro, ojos saltones y el hocico permanentemente abierto que mostraba una especie de sonrisa con dos hileras de ordenados y blancos dientes.

Además de los habitantes humanos, la calle se veía poblada de innumerables perros callejeros, propiedad de todos y de nadie, lo que significa que indistintamente los vecinos los cuidaban y alimentaban, lo que hacía de ellos unos canes despreocupados y libres, y asimismo eran animales queridos, simpáticos y pacíficos. Con el fin de disminuir la cantidad de perros callejeros que muchas veces mordían a los transeúntes, la Municipalidad tenía una perrera, es decir una prisión para los perros callejeros, en donde eran llevados una vez atrapados por los encargados de hacerlo, prisión de las que sólo se los liberaba si alguien pagaba para ello o, de lo contrario, se rumoreaba que los mataban y entregaban como alimento a los leones del zoológico municipal.

La calle era de tierra, no tanto por la pobreza del país sino porque sucesivos terremotos obligaron a las autoridades a destinar fondos públicos sólo a la reconstrucción de las zonas afectadas. Aun así, el entorno de la vía era hermoso, porque sendas acequias conducían las aguas que regaban enormes y añosos árboles que no sólo nos daban sombra en los tórridos veranos, sino que además nos entregaban excelentes lugares para jugar a las escondidas y obstáculos elusivos para jugar al “pillarse”.

Una calurosa tarde de verano divisamos a lo lejos acercase un furgón de color azul de grandes dimensiones, en su parte trasera tenía una gran caja metálica. Para nosotros lo más curioso fue que tras el parachoques tenía una pisadera, la que sostenía a un par de individuos de uniforme también de color azul. Lejos estábamos de imaginar lo que sucedería a continuación.

A medida que el vehículo se fue acercando, desde la caja metálica del furgón se oían incesantes gruñidos y además apagados y lastimeros ladridos; en un momento dado, el furgón se detuvo con estrépito metálico y acto seguido, descendieron rápidamente desde la pisadera los individuos que allí estaban y esgrimiendo sendos lazos, dieron cuenta en forma inmediata y con certeros lanzamientos, de dos perros que dormitaban junto a un árbol. Los canes, cogidos por sorpresa, sólo emitieron un gruñido apagado y de inmediato fueron lanzados sin contemplaciones  dentro de la caja metálica. Los de los lazos iban a subir nuevamente a la pisadera cuando, atraído por el ruido hizo su aparición “El Gitano”, quien  saliendo con paso rítmico desde el interior de la casa del jinete jubilado se detuvo a corta distancia del furgón. Sus ojos saltones atisbaron la escena y quedó paralizado en sus movimientos; viendo esto, uno de los hombres en forma instantánea preparó y lanzó la cuerda para lacearlo y, en el mismo instante “El Gitano” se dejó caer, ofreciendo a su atacante una superficie plana, sin salientes donde pudiere deslizar el lazo por lo que el tiro falló. Acto seguido, “El Gitano” inició un movimiento de retroceso, pero el segundo integrante del equipo anti perros, preparó y lanzó la cuerda sobre “El Gitano”, quien nuevamente se deslizó hacia el suelo provocando una segunda falla en el objetivo de los hombres. A los gritos de “La Perrera”, “La Perrera”, dados por los niños que presenciamos la escena, comenzaron a salir los adultos desde sus casas y, no contentos con lanzar imprecaciones en contra de los municipales, cogieron todo tipo de objetos arrojadizos que caían sobre los hombres y el vehículo, generando ecos metálicos en el furgón y gritos de angustia de los laceadores retirándose acto seguido  a toda velocidad, en tanto que “El Gitano” con su paso rítmico y actitud despreocupada, volvió a su hogar con su sonrisa habitual, sano y salvo.

Este Espacio esta preparado para ti!! 1

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