Vivencia: Recuerdos de mi llegada a Villarrica desde Loncoche en tren

By on 14 enero, 2026

Por Guillermo Putz Wackerling

“Viajar no es solo ir tras un destino,
las anécdotas que hallé en el camino
no son fantasía sino algo muy genuino”

Después de 16 horas de su partida inicial, el tren nocturno proveniente de Santiago ya
estaba próximo a la localidad de Loncoche. Era el lugar en que debía combinar con el
servicio ferroviario que cubría el ramal a Villarrica. Cuando el Inspector pasó revisando los
pasajes de quienes habían subido últimamente, consulté si el tren del ramal a Villarrica
estaría esperando a los viajeros que teníamos por destino esa ciudad, y me permití hacerlo
porque llevábamos varias horas de retraso. -No se preocupe amigo, hoy vamos casi bien
con el reloj, el tren estará esperándolo- dijo tranquilizadoramente.
Dicho y hecho, ya en Loncoche cuando descendí, pude ver una vía secundaria en la que
esperaba un tren más antiguo y de menor extensión del que recién dejé, tirado por una
locomotora a vapor que esperaba humeante el momento de la partida.
Cuando lo abordé, busqué un asiento desocupado y desde la ventanilla pude ver a viajeros
que todavía subían y bajaban del tren de Santiago, luego un potente bocinazo de la
moderna locomotora diésel que lo traccionaba indicó que seguiría su camino hacia el sur,
contrastando con el agudo pitazo que anunciaba nuestra pronta salida. El carro tenía casi
todos sus asientos ocupados, detuve la mirada sobre mis compañeros de viaje, por sus
apariencias deduje que en su gran mayoría eran gente del campo. Pensando en eso estaba,
cuando una señora presurosamente, con una sonrisa de compromiso, me pidió que la
dejara abrir la ventanilla; grande fue mi sorpresa cuando vi que por esta ingresaba un quintal
de harina, impulsado por lo brazos de un muchacho que recibía propina de otra señora, que
con el tren casi en movimiento corría para alcanzar la pisadera portando una chuica de
vidrio. Un tanto desconcertado ayudé a colocar la harina bajo el asiento mientras se
acomodaban las dos damas frente a mí. -Gracias, casi quedamos abajo, es que nos costó
encontrar a alguien que nos ayudara con la harina, vinimos a comprar a Loncoche porque
es más barato y aquí, indicando la chuica que acomodaba para que no volcara, llevamos
aceite, para hacer sopaipillas y venderlas en un torneo de fútbol. – Sonreí y les pregunté si
iban a Villarrica, -no me dijeron, somos de la Séptima Faja- inmediatamente pregunté donde
quedaba ese lugar -de Huiscapi hacia el norte-, respondió una de ellas. Yo había visto en
la revista “En Viaje” el trazado de la línea por la que íbamos y efectivamente aparecía una
estación con ese nombre.
Saliendo de Loncoche

Pronto dejamos Loncoche y nos internamos en los campos, algunos sembrados, otros con
animales pastando, todo el paisaje deleitaba mi vista, ya eran más de las dos de la tarde,
pregunté a las señoras cuánto duraba el viaje a Villarrica, me dijeron que máximo una hora.
-¡Dale duro al amor dale duro al amor, si me dices que sí todo será mejor! – cantaba un
ciego que cubría sus ojos con oscuras gafas y que a tropezones avanzaba por el carro,
tocando una deteriorada guitarra la que tenía adosado un tiesto para dejar monedas. -No
se le ocurra darle plata- me dijo una de las señoras, mientras la otra asentía con la cabeza
a modo de confirmación de lo que aseveraba su amiga. -Es un sinvergüenza, no es ciego,
lo que le dan aquí lo apuesta jugando a la rayuela en Huiscapi-. Sonreí mirando a mis dos
casuales acompañantes y les aseguré que de mi bolsillo no saldría ninguna moneda para
tan pícaro personaje.
Ancahual

El tren comenzaba a detenerse frente a una estación que tenía un letrero con el nombre de
Ancahual, era la primera parada después de Loncoche. Vi un caserío ubicado en torno a la
línea férrea, en realidad, era poco lo que se podía decir del lugar, como así también fueron
escasos los pasajeros que bajaron o subieron.
Nuevamente estábamos en movimiento, el ciego hizo una segunda pasada cantando otra
pegajosa canción, luego escuché que las señoras dialogaban sobre su arribo a Huiscapi,
ya la próxima parada. -Ojalá esté el joven “Pichula” para que nos lleve – expresaba una de
ellas, luego ambas me miraron como acusándose de haber dicho algo malo, -disculpe, es
que no sabemos su nombre, todos le dicen así. Como a esta hora va a Huiscapi a tomarse
unos tragos y regresa en su vehículo al campo; es buena gente, siempre nos lleva
evitándonos caminar más de cinco kilómetros hasta la Séptima Faja, más aún, con estos
bultos, si no encontramos a nadie que nos transporte, vamos a tener que dejarlos
encargados por ahí-. No pude abstenerme de prevenirlas -pero, si ha bebido es peligroso
que se vayan con él, pueden tener un accidente-, -sí, ha chocado ya un par de veces,
incluso cuando volcó a un señor se le desprendió la oreja derecha, se la volvieron a colocar,
pero quedó vuelta hacia arriba y cuando llueve le ingresa el agua al oído, pero es lo que
hay nomás y confiemos que nada malo nos va a pasar- dijo la otra señora.

Huiscapi
Ya estábamos en Huiscapi, era un poblado más grande que Ancahual, había mayor
cantidad de gente esperando en el andén y muchos allí terminaban su viaje. Ayudé a las
señoras a bajar el quintal de harina por la ventanilla y nos despendimos en medio de sus
agradecimientos. Observé a la redonda y me sentí como en el lejano oeste, varios caballos
atados a amarraderos de madera esperaban a sus jinetes, los que seguramente venían en
el tren y continuarían viaje hacia el campo montados en ellos. La locomotora nuevamente
emitió un pitazo y cuando comenzábamos a movernos divisé desde mi ventana a una bella
joven que recibía de manos del personal del tren la valija con la correspondencia, no pude
evitar dirigirle una conquistadora mirada la que fue recibida con una coqueta sonrisa. Era
ya tarde para descender del tren, pero me sentí bien acogido en estas tierras a las que
acababa de llegar.

Ñancul
Ahora enfilamos rumbo a la siguiente estación “Ñancul”, el carro iba hasta con gente de pie,
el inspector se esforzaba por revisar los pasajes cuidando de que nadie se escabullera de
su control, -¡Malta, Papaya y Pilsener!- gritaba un vendedor ambulante que había subido
en Huiscapí, también llevaba avellanas tostadas y barquillos. A pesar de tener hambre y
sed, preferí postergar mis necesidades alimenticias para cuando estuviera en Villarrica.
Ahora la vía férrea iba paralela a un camino de ripio por el que viajaba uno que otro vehículo
motorizado dejando a su paso una densa polvareda, además transitaban algunas carretas
tiradas por bueyes. –

¿Falta poco para llegar a Villarrica? – pregunté a un señor con aspecto
adusto que viajaba a mi lado, quien parco pero amable, me respondió -sí-. Luego pasamos
por un cementerio y a continuación ¡oh sorpresa! el imponente paisaje del lago y del volcán
Villarrica. El tren luego estuvo en la estación; allí terminaba el viaje, yo debía seguir camino
hacia la ribera del lago a un sector llamado Playa Linda donde se encontraban acampando
unos amigos.
Unos niños se ofrecieron a llevar mi abultado morral, en él, además de algunas vestimentas,
portaba mi cámara fotográfica y mi diario de viaje, así que con la desconfianza propia de un
Santiaguino preferí cargarlo yo mismo. En ese momento mi prioridad era encontrar un sitio
barato para comer, ya que el hambre me estaba atormentando. Caminé en bajada por una
calle desde la que se divisaba el lago hasta llegar a un lugar en el que había gran
movimiento de gente y arreo de animales. Vi una pizarra en la que se ofrecía de almuerzo
cazuela y a un precio conveniente para mi bolsillo, ingresé al establecimiento y nuevamente
me sentí como en el oeste americano. Varios individuos bebían y dialogaban en la barra,
pero poniendo atención a un parlante que se escuchaba lejano con la voz de un martillero
rematando reses. Un poco cohibido me acerqué a una señora que lavaba vasos y le
pregunté por la cazuela. -todavía queda- respondió y me llevó a un comedor interior en el
que se respiraba un ambiente más tranquilo que en la entrada.
Me instalé en una mesa y la señora dejó mi atención en manos de un garzón que
solícitamente tomó mi pedido y sugirió que dejara mi morral en una silla. -Donde mis ojos
lo vean le dije- -aquí no hay problemas me respondió-, es toda la gente muy honrada,
nuestros clientes vienen a vender o comprar a la feria de animales que está un poco más
allá-, luego se marchó con una sonrisa dejando entrever un diente de oro lo que sumado a
unos pantalones que le quedaban cortos, en combinación con una amarillenta y arrugada
camisa le daban un aspecto caricaturesco. Unas mesas tras la mía había un solitario ebrio,
quien me invitó a compartir con él una copa de vino, la que amablemente rechacé aduciendo
supuestos motivos de salud. El ebrio algo balbuceó de que había hecho un buen negocio
con la venta de sus animales en la feria y lo estaba celebrando. Luego se puso de pie y
salió tambaleante por la puerta que daba a un patio interior, donde un desteñido letrero a
punto de caer, indicaba que allí estaba el baño.
El garzón trajo mi cazuela, se veía apetitosa, me ofreció acompañarla con ensalada y un
“vinito de la casa”, le dije ensalada y dudé sobre lo que bebería, pero finalmente pedí una
gaseosa, a lo que él replicó -a su orden-, luego miró hacia el patio y salió por la misma
puerta por la que había pasado el ebrio, con curiosidad me puse de pie y observé que haría;
grande fue mi sorpresa cuando lo vi introduciendo su mano, primero en uno y luego en el
otro de los bolsillos del borracho que dormía en el suelo, para luego guardar lo obtenido en
una bolsita que depositó bajo su amarillenta camisa de garzón. Salí al patio y lo increpé –
¡No me dijo que aquí había solo gente honrada! – a lo que él contestó con soltura – ¡Es que
el señor no ha pagado la cuenta! -, sin poder moderar mis palabras, respondí en forma
espontánea, – ptas la propina güena que te está dejando- y para mis adentros pensé – ¡que
generoso es el “vinito de la casa”! -.

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