Cuento: El tío Lalo

By on 8 junio, 2026

Por Eugenio Talep Pardo,  Abogado

Es  Septiembre, es mi infancia, y en el azulado cielo de Santiago decenas de multicolores volantines surcan el firmamento en las más diversas direcciones describiendo rectas imperfectas y curvas inverosímiles. En esa época, en Septiembre,  era tradición en los barrios de Santiago echar “comisión”, es decir, competir dos volantineros para “echar cortado” la cometa del contrario, en donde el objetivo es cortar el hilo con el que se dirigía  el volantín del eventual y normalmente desconocido adversario, utilizando para ello hilo “curado”, es decir un hilo previamente embebido con cola y vidrio molido muy fino que con ello  convertía la delgada fibra  en un instrumento sumamente cortante.

Mientras con mi hermano mayor, desde el patio de nuestra casa oteábamos  el colorido espectáculo, éste exclamó: ¡están encumbrando un “pavo” – volantín de gran tamaño – en la casa del tío Lalo¡ Acto seguido nos dirigimos corriendo a la casa de nuestro pariente ubicada muy cercana a la nuestra.

Tras unos frenéticos golpes nos abrieron la puerta y jadeantes por la carrera pudimos ver que nuestro tío, cubiertos los dedos con trozos de manguera, para no cortarse con el hilo “curado”,  caminaba sobre el techo construido con planchas de Pizarreño, (asbesto aglomerado), de una bodeguita ubicada al final del patio de su casa. Dentro de una palangana tenía un gran ovillo con el hilo “curado” que le permitía maniobrar con mucha destreza el “pavo”.

Lalo, era funcionario de ferrocarriles, lo que le daba dos características: al caminar por las pavimentadas veredas del barrio, mostraba una especie de vaivén como llevándole el ritmo al tren, aunque no estuviere sobre el convoy en movimiento mientras aplicaba el sacabocados al cartón del pasaje. Una segunda característica era su  faz rubicunda acompañada  además de un notorio exceso de peso que de seguro provenía de los mostos y las exquisiteces que, como buen carrilano, iba consumiendo, mientras el “rápido”, el “expreso” o el “ordinario” devoraban enormes distancias  desde o hacia el Sur. Estas características a nuestros ojos, desmentían una aseveración de nuestro padre quien nos manifestaba que de joven, el ahora cuarentón  Lalo era un espigado atleta.

El “pavo” que encumbraba el tío era de esos que se denominan “chilenito”. Su nombre obedece al hecho de replican nuestra bandera nacional, pero en estructura cuadrada y no rectangular.

El tío Lalo hizo evolucionar el “pavo” de  manera de sobrepasar en altura al volantín de su eventual   contrincante de manera que tras hacerlo girar y descender, por la acción del viento rápidamente el volantín recuperó altura, cruzándose los hilos de los contrincantes e iniciándose la “comisión” al levantarse por los aires el “chilenito” y hacerlo en sentido divergente al de su competidor cuyo emblema era un amarillo murciélago en fondo negro.

Nuestro tío movía con maestría su volantín, el que para felicidad nuestra comenzó a deslizarse velozmente tras ganar altura. Hay que hacer notar que la mayor velocidad con que se deslizaba el hilo daba ventajas en la competencia y auguraba un éxito en la competición.

Movido por la excitación del momento, el tío Lalo hacía movimientos semicirculares sobre el techo de la bodeguita cuando de pronto, tras un estruendo y la aparición de una enorme voluta de polvo, el tío desapareció de nuestra vista: el peso de Lalo unido a los movimientos continuos rompieron una plancha de Pizarreño que cubría el techo del depósito, el que tras un crujido espantoso, como el  que emite un árbol al caer tras el último golpe de hacha, hizo que, como  por arte de magia, en un instante, y a una velocidad fulminante,  desapareciera el cuerpo de Lalo, que ingresó a la bodega por el orificio del techo como si su  cuerpo se lo hubieren tragado unas  arenas movedizas.

Pasado el primer instante de estupefacción,  Alicia , mujer  del tío, tras emitir un gemido ahogado corrió a buscar la llave del candado que cerraba la puerta de la bodeguita y liberarlo del inesperado encierro. Con mi hermano nos miramos y una mueca reemplazo el primer acceso de risa que nos causó la sorprendente situación; el voluminoso cuerpo de Lalo esfumándose hacia el interior de la bodeguita y desapareciendo completamente en su interior.

Para nuestra sorpresa, tras la caída e inmediata desaparición de Lalo  nos dimos cuenta que el volantín seguía en “comisión”, el volantín no se había ido cortado a raíz del percance sufrido  por nuestro tío: tras nuestros gritos de júbilo exclamamos con mi hermano:! tío, tío, el “chilenito” sigue en comisión¡ Tras las primeras exclamaciones ignorantes de la suerte corrida por Lalo comenzamos a gritar: ¡dele hilo, dele hilo ¡. Nuestra algarabía tuvo eco casi de inmediato porque de pronto, de manera inesperada, por el forado del techo apareció una mano, ennegrecida por el polvo i haciendo movimientos rítmicos,  nuestro tío absolutamente  a ciegas, continuó la competencia, la que era  dirigida y  acicateada por la reiteración de nuestros infantiles gritos: ¡dele hilo, dele hilo ¡ “El chilenito” evolucionaba con buen viento, deslizando velozmente el hilo “curado” mientras el murciélago hacía otro tanto.

De pronto, “el chilenito” que iba en movimiento ascendente pareció detenerse y bruscamente tomó una posición casi horizontal, volvió brevemente a la posición vertical y acto seguido nuevamente tomó la horizontal manteniendo por algunos instantes esa posición para otra vez volver a la vertical y luego comenzar a hacer unos movimientos laterales muy cortos, como dándonos un último adiós: ¡lo habían echado cortado¡

 Una sensación de indefinible tristeza inundó nuestro espíritu y un par de gruesas lágrimas surcaron nuestros infantiles rostros. Coincidentemente la tía Alicia abrió el candado de la bodeguita desde donde, cubierto de polvo y sin un rasguño, apareció nuestro tío quien tras dirigirnos una expresiva mirada, y una breve detención nos dijo: “sobrinos, si no me caigo ¡lo echo cortado¡”   

Imagen: generada por IA.

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