Cuento: “La Hija de Don Renato”
N. del D. Con este cuento, damos por iniciada una nueva sección de nuestro medio, en esta oportunidad con un cuento de nuestro amigo abogado. Invitamos a quienes tengan inquietudes literarias a enviarnos sus aportes para ser publicados,
Por Eugenio Talep Pardo, Abogado

El mes de Septiembre coincide en nuestro país con el inicio de la primavera. En mi niñez se caracterizaba por el vuelo de innumerables y coloridos insectos que anunciaban su presencia con poderosos zumbidos. El cambio de estación abría paso a días diáfanos que hacían olvidar los fríos y lluvias del invierno y además se generaba una fuerte y constante brisa que hacía las delicias de los amantes del volantín; por esto se podían observar en el cielo las evoluciones y el colorido que, con sus diversos diseños y tamaños, contribuían a orlar el diáfano firmamento.
Para mí era un día especial; cumplía 12 años y me iban a “celebrar” el cumpleaños. Lo anterior significaba que habría regalos, bebidas en abundancia, una exquisita torta con cobertura blanca de crema “chantillí” y orlada con una serie de guindas marraschino intensamente rojas, y lo mejor era que tras la canción “cumpleaños feliz” y el respectivo trozo de torta habría de postre un rico helado de piña. Lo único desagradable fue una larga sesión en la que mi padre me peinó cuidadosamente y utilizó grandes cantidades de gomina (fijador del cabello) dada mi capilaridad “rebelde”.
La ansiedad me consumía porque entre los invitados además de primos y compañeros de colegio, mi padre me avisó que había invitado a don Renato. Este era un señor de baja estatura, siempre vestido de terno, camisa impecablemente blanca, corbata bermellón, sonrisa amable y unos hermosos ojos azules. Era proveedor de ropa deportiva del club de fútbol profesional cuyo presidente era mi padre. Su asistencia era muy deseable porque sospeché que llevaría de regalo una pelota de fútbol, objeto muy preciado y escaso en la época a que me refiero, especialmente para niños y adolescentes.
A las cuatro de la tarde, mientras jugábamos con mis primos y otros invitados, se acercó mi madre y me dijo: llegó don Renato venga a saludarlo. Inmediatamente me dirigí a la entrada de la casa y, en forma automática mi mirada codiciosa se posó sobre un envoltorio multicolor de forma redondeada que este señor llevaba entre sus pequeñas manos. ¡Era una pelota de fútbol! Recibí el regalo tras previamente saludar a don Renato quien fijó en mí sus hermosos ojos azules y esbozó una sonrisa casi beatífica! En los momentos que pensaba dirigirme al patio para jugar de inmediato con el regalo recién recibido, mi madre me dice “salude a la niña” En el éxtasis que me generó el obsequio, no me había percatado que don Renato iba acompañado de su hija. Era esta una joven de piel marfileña, delgada y más alta que su padre, cabellos castaños y, los mismos ojos azules de su progenitor. Vestía una blusa muy blanca y una falda vaporosa de tonos pastel amarillo-rosa. En mi mentalidad de lector infatigable me pareció que la joven salía de un libro de cuentos, que era la encarnación de una princesa, un hada o un ser angelical que más que caminar parecía flotar. Ahí comprendí por qué el fiero Sandokán se había enamorado de Mariana. La princesa se acercó y me dio un beso en la mejilla con sus coralinos labios. Hice un ademán como que me faltaba el aire y casi me desmayaba, lo que provocó las risas de todos los presentes; ella también esbozó una breve risa y tras desenvolver el regalo, le pegué un “puntete” a la pelota y me dirigí con mis primos e invitados al patio trasero que era de tierra, donde iniciamos una animada “pichanga”.
Tras la consabida canción “cumpleaños feliz”, servirnos la rica torta y beber grandes cantidades de “Bilz y Pap” , continuó la “pichanga”; cuando me levanté de la mesa, mi mirada se encontró con el oceánica mirada de la hija de don Renato y casi me detuve; sin embargo el griterío de la pichanga me sacó de la ensoñación.
Cuanto tiempo pasó no lo recuerdo. El caso es que entre la polvareda que levantábamos en el partido, apareció mi madre quien me dice: venga a despedirse, se va don Renato. Me dirigí rápidamente y le di la mano para acto seguido acercarme a la princesa-hada de mirada de cielo. Cuando esperaba recibir nuevamente un agradable beso de la jovencita, noté en ella un gesto de rechazo, de repulsión, casi de asco; con precipitación ella sólo me extendió su mano. Un poco azorado por el cambio de actitud de la joven me dirigí nuevamente al patio y cuando pasé frente al espejo del mueble denominado “trinche”, pude ver dos gruesas gotas de transpiración que unidas a la tierra que se levantaba al jugar a la pelota, dejaron una larga y húmeda línea negra a cada lado de mis mejillas, las que unidas a la gomina que con generosidad me puso mi padre para verme “presentable” antes del inicio del cumpleaños, formaba una gruesa capa gomosa que adornaba mis rosadas mejillas. Corrí hacia el patio recordando una frase de mi hermano mayor que tras ser rechazado por una joven exclamó: ¿quién entiende a las mujeres?
En ese momento yo pensé lo mismo.
Este Espacio esta preparado para ti!! 1
Contáctanos












0 comments