Los Fabricantes de Mentiras
En 1981, en el álbum Peperina de Serú Girán, Charly García ponía en palabras —y en música— una
advertencia que con los años no ha perdido vigencia: la existencia de “fabricantes de mentiras”. Lo
que en ese entonces podía leerse como una crítica situada, incluso generacional, hoy parece
describir con inquietante precisión una realidad mucho más extendida y difícil de delimitar.
Vivimos en una época donde la verdad ha dejado de ser un punto de partida compartido. Como
advertía Hannah Arendt, la verdad en política siempre ha sido frágil, pero nunca como ahora había
estado tan expuesta a la erosión sistemática. No se trata únicamente de noticias falsas o de
errores informativos: se trata de la instalación de relatos que buscan sustituir la realidad por
versiones convenientes de ella.
En este escenario, el problema no puede reducirse a la acusación fácil contra “los medios” o “los
gobiernos”. Pensadores como Noam Chomsky han mostrado cómo los sistemas de información
pueden responder a intereses estructurales, pero también es cierto que hoy esos sistemas han
sido desbordados por nuevas dinámicas: redes sociales, algoritmos y economías de la atención
que premian la rapidez por sobre la veracidad.
A esto se suma un fenómeno inquietante: la progresiva renuncia ciudadana a profundizar. El
acceso a la información es más amplio que nunca, pero la disposición a cuestionarla parece
debilitarse. Como sugiere Byung-Chul Han, el exceso de estímulos no necesariamente produce
más pensamiento, sino muchas veces lo contrario: saturación, cansancio y una peligrosa
indiferencia.
Así, los fabricantes de mentiras no solo producen contenidos; encuentran también un terreno
fértil en una sociedad fatigada, fragmentada y, en ocasiones, más inclinada a confirmar sus propias
creencias que a confrontarlas. En ese contexto, la mentira no se impone únicamente por su fuerza,
sino también por nuestra disposición a aceptarla.
La política, por su parte, no ha quedado al margen. Campañas construidas sobre la deslegitimación
del adversario, estrategias comunicacionales que priorizan el impacto por sobre la verdad y
discursos que tensionan deliberadamente los hechos forman parte de un paisaje cada vez más
habitual. Como lo retrató de forma inquietante George Orwell, cuando el lenguaje se degrada, la
realidad misma comienza a volverse difusa.
Sin embargo, reducir este fenómeno a una conspiración omnipresente puede resultar tan
simplificador como negar su existencia. El desafío es más complejo y, por lo mismo, más exigente:
recuperar la verdad como una tarea colectiva. Esto implica no solo exigir estándares a quienes
informan o gobiernan, sino también asumir una responsabilidad personal en la forma en que
consumimos, compartimos y validamos la información.
Tal vez, entonces, la advertencia sobre los “fabricantes de mentiras” sigue vigente, pero con un
matiz distinto. Ya no basta con identificarlos; es necesario preguntarse por las condiciones que les
permiten prosperar. Porque en tiempos donde la verdad compite con versiones de la realidad
diseñadas a medida, defenderla deja de ser un acto pasivo y se convierte, inevitablemente, en una
forma de compromiso.
Mg. Marco Antonio Vásquez Ulloa
Ingeniero Comercial-Contador Público y Auditor
Académico Facultad de Ciencias Jurídicas y Empresariales
Universidad de La Frontera.














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