Tu rostro, LA contraseña que no puedes cambiar

By on 19 mayo, 2026

Omar Salinas Silva – Director Ingeniería Civil Informática Advance UNAB


Cuando una contraseña se filtra, la cambiamos. Si una tarjeta bancaria se
compromete, la bloqueamos. Pero cuando lo expuesto es nuestro rostro, no existe
reemplazo posible. La biometría facial convierte una característica biológica
permanente en una llave digital que no puede renovarse. Sin embargo, en nombre
de la comodidad, la estamos entregando con creciente naturalidad.
En Chile, el reconocimiento facial ya forma parte de la vida cotidiana.
Desbloqueamos teléfonos, accedemos a servicios bancarios y realizamos trámites
digitales mediante validación biométrica. La promesa es atractiva: menos
contraseñas y procesos más rápidos. Pero esa eficiencia tiene un costo poco
discutido. Los sistemas biométricos transforman nuestro rostro en patrones
matemáticos únicos capaces de autenticar identidad. Si esos datos se filtran o son
robados, el problema no es temporal, sino permanente.
El caso de Clearview AI, cuestionada por recopilar millones de imágenes sin
consentimiento, evidenció los riesgos de este modelo. Cuando una base
biométrica se compromete, no existe “botón de reinicio”. Y mientras más servicios
dependen del rostro como mecanismo de acceso, mayor es el impacto potencial
de una vulneración. A esto se suma la dependencia de infraestructura tecnológica
extranjera, que limita el control real sobre dónde y cómo se procesan estos datos.
Además, la biometría no es infalible. Diferencias de precisión según condiciones
físicas o ambientales pueden generar errores y exclusiones silenciosas en el
acceso a servicios.
La biometría ha permitido reducir fraudes y agilizar trámites, pero también amplía
la capacidad de trazabilidad sobre la vida cotidiana. La discusión ya no es solo
tecnológica: involucra privacidad, libertades civiles y equilibrio de poder.
Chile necesita una regulación específica para sistemas biométricos e inteligencia
artificial, con supervisión independiente y alternativas para quienes no deseen
entregar sus datos faciales. La pregunta no es si la biometría funciona, sino cuánto
de nuestra autonomía estamos dispuestos a sacrificar por conveniencia. Porque
cuando el rostro se transforma en contraseña, la privacidad deja de ser un
derecho abstracto y se convierte en una condición básica de libertad.

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