Cuento: Lulo un perro adoptado

By on 23 mayo, 2026

Por Eugenio Talep Pardo, Abogado

En nuestro país, la industria de  televisión ha producido decenas de figurillas que tal como las estrellas fugaces, brillan intensamente  pero de pronto, casi sin darnos cuenta , sus destellos se extinguen para siempre; una de éstas originó el nombre del can cuya historia narraré a continuación. Esa “stella chilensis”, dama  curvilínea y de blondos cabellos (producto de poderosos elementos químicos incorporados por hábiles peluqueros) dio su nombre a nuestro personaje. Ella lleva por nombre artístico  Luli y el perro del que trata el cuento, por su pelambrera rizada y de color blanquecino-amarillento, se llama Lulo.

Este fue recogido de la calle, donde deambulaba en compañía de una pequeña jauría de sucios, revoltosos, desordenados y sin dueño grupo de perros. Las disputas por comida eran frecuentes y en ocasiones peligrosas porque las dentelladas, podían acarrear infecciones o una huida, o una persecución podían terminar en fatal atropello.

 Una bienhechora mujer, se enamoró de esta mata de rizados pelos que daban abrigo a un can vigoroso, resuelto, veloz y saltarín,  que encarnaba en toda su extensión la palabra libertad. Un día cualquiera, la mujer  lo atrajo con suaves palabras y la oferta irresistible de un trozo de hueso carnudo, ofertas que para un macho, como lo era Lulo,  son manjares muy difíciles de resistir. Tras seducirlo, la mujer lo subió a un automóvil y lo trasladó a un hermoso bungalow situado en una acomodada área residencial de la ciudad.

Lulo , tras la adopción-captura que hemos narrado, ingresó a un hogar, lo que verdaderamente se llama hogar, esto es, una casa habitada por el marido de la adoptante, dos hijos pequeños  un par de gatos de estructura tubular, lo que evidenciaba una intervención quirúrgica destinada a impedir su reproducción y la suegra del dueño de casa, señora que pese a sus años  detentaba grandes  y erguidos pechos y  tenía una aguda voz de soprano que, ocasionalmente lo llamaba a almorzar, causándole de paso, algún trauma acústico.

El bungalow poseía  un espacioso patio, y su nuevo habitante recibía  comida nutritiva  contenida en sacos, que tenían fotos perrunas y la palabra pellets, alimento que recibía en cantidades medidas  y a horas prefijadas; además  tenía sus vacunas al día, ya que recibía periódicamente la visita de un médico veterinario. El dueño de casa  ceremoniosamente le habían colocado   un collar de cuero con una placa metálica con su nombre y domicilio, el veterinario le puso otro collar que inhibía la presencia de pulgas y garrapatas que, previo a su adopción-captura le acompañaban y picaban con entusiasmo en todo su cuerpo. Su actual vida contrastaba con su experiencia de perro callejero,  en su vida anterior   dormía en la calle, acurrucado junto a cartones o trapos viejos e inmundos, ahora su habitación era  una casita de madera con un pequeño colchón en su interior que se ubicaba  en un rincón del jardín. En síntesis, el callejero se convirtió en un acomodado y dichoso perro  de condominio.

Una tarde cualquiera, mientras fisgoneaba en la reja que daba a la calle, y recordaba melancólicamente su pasado callejero,  Lulo escuchó un llamado de su madre adoptiva que, con dulce voz le invitaba a almorzar.

Lulo se acercó trotando atléticamente  a la palangana de acero inoxidable que llevaba su nombre escrito con letras blancas. Mientras los pellets caían rítmicamente en la palangana generando un ruido parecido a un suave redoble de tambores, Lulo divagó, recordando sus andanzas de perro libre,  rondando en horas de la noche en la zona de restaurantes donde moraba antes de su “adopción-captura”. ¡Qué deliciosas eran las sobras del restaurant chino, donde menudeaban la  picante carne mongoliana y el tierno cerdo agridulce ¡ ;¡ qué sabrosas eran las pastas del restaurante italiano, especialmente los ñoquis rebosantes de rojiza salsa boloñesa¡ ¡ y para que decir,  las  comidas que botaban en el restaurante peruano, en especial una preparación llamada chicharrón ¡, esta última  lamentablemente muy picante, pero con un hueso carnoso que hacía olvidar su picor y, por último, para las fiestas patrias era usual con su jauría merodear en las fondas para sustraer empanadas de pino en las que a veces creía percibir aromas de sus congéneres y por añadidura recibir trozos de carne arrojados por satisfechos consumidores de anticuchos: mientras estos recuerdos pasaban por la mente de Lulo, este se saboreaba moviendo rítmicamente la lengua y  botando grandes cantidades de saliva.

De pronto Lulo se sintió observado; había cesado el sonido metálico de  la palangana que ahora rebosaba de pellets y la mujer lo observaba con atento cariño esbozando una  sonrisa, atribuyendo al deseo por comer  los pellets el movimiento lateral de la lengua del can y la excesiva salivación, lo que la hizo sentirse muy satisfecha y feliz. El perro hundió las húmedas fauces en los desabridos y sintéticos pellets y por un instante deploró su captura y su aburrida vida encerrado en el condominio, pero para evitar ser descubierto y   tratado de  mal agradecido,   movió hipócritamente   la cola en señal de alegría y satisfacción, no fuera  que pudiera ser descubierto y con ello  perder sus privilegios por una tontera o por una inmadurez impropia de un perro adulto y por eso, con vigorosos movimientos de cola continuó engullendo con fingido entusiasmo los desabridos pellets.   

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